He dibujado una puerta.
Para no echarte de menos.
O para que no me eches de menos.
Por ella puedes entrar directamente a mi casa o a mi habitación. Desde donde estés.No puedo explicarte cómo funciona con palabras, simplemente tienes que querer hacerlo.
Puedes venir, mirar y volver; puedes entrar, darme un abrazo, o un beso y marcharte.
O puedes quedarte.
Hay una campana con un cordel, para que puedas llamar. Pero yo tengo, siempre, la puerta abierta para ti. Tú no necesitas llamar. Tampoco ninguna llave.
Deja los zapatos en la entrada, para que luego pueda darte uno de esos masajes en los pies.
Saluda al entrar, grita "holaaa!", si no me avisas de que entras, creeré que estoy sola, y puede que me pilles haciendo el tonto: teniendo conversaciones conmigo misma en voz alta, cantando creyéndome una estrella del rock, manchándome la cara de pintura con mis manualidades, o ... Ese tipo de cosas.
Si estoy mirando al techo y sonriendo, probablemente esté pensando en ti.Si estoy sentada en el sofá haciendo que leo, con el libro boca abajo, muy posiblemente esté pensando en ti.
Si estoy abrazándome, seguro, estoy pensando en ti.
Si me golpeo la cabeza con la palma de mi mano intentando hacer caer mis absurdas ideas e ilusiones, con toda seguridad estoy pensando en ti.
Estés o no estés, siempre estás. Siempre pienso en ti. No lo evito. Me gusta pensar en ti.
Si vienes y no entras, deja una nota de esas que me cuentas que estás muy liado, clavada con una chincheta en la puerta.
Para que yo sepa que has estado.
De todas formas, prefiería que entraras...